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¿Cómo está la ciencia en España? Los datos que dejan claras las contradicciones del sistema

El diagnóstico es claro: España produce ciencia de primer nivel mundial, pero no sabe cómo sacarle rédito

Hay una frase que resume con bastante exactitud la situación del ecosistema científico español: somos muy buenos haciendo ciencia pero muy malas convirtiéndola en algo tangible. No sabemos crear empleo, traducir lo que sabemos a empresas punteras ni generar un impacto económico real. Y no es una opinión. Es lo que dicen los datos.

España ocupa la novena posición mundial en producción científica en biotecnología, con una producción que representa el 2,49% del total global y que se cita un 20% más que la media mundial. Este es un hecho objetivo que habla de la calidad de la investigación que se genera en este país. Pero, al mismo tiempo, el gasto español en I+D como porcentaje del PIB sigue muy por debajo de la media europea, la inversión privada en biotech cayó un 20,6% en 2024, y miles de investigadores altamente formados abandonan el sistema académico cada año sin encontrar una salida profesional a la altura de su cualificación.

Pero ¿por qué está pasando esto? Y más importante: ¿cómo podemos revertir la situación?

El sector en números: más grande de lo que parece

Para entender el ecosistema científico español, no hay nada mejor que explorar las cifras reales.

El sector farmacéutico en España genera más de 27.000 millones de euros de valor añadido, lo que equivale a casi el 2% del PIB. Emplea de forma directa a más de 56.000 personas, con un efecto multiplicador que lleva la cifra total de empleos vinculados a 270.000. España, así, se convierte en el cuarto mercado farmacéutico de la Unión Europea por volumen de facturación y el noveno a nivel mundial. Y, solo en un año (2023) exportó productos farmacéuticos por valor de 21.900 millones de euros, la tercera partida exportadora del país por importe.

Por su parte, el sector biotecnológico alcanzó en 2024 la cifra de 1.014 empresas estrictamente biotech, con un incremento del 4,1% respecto al año anterior. Si se amplía el foco a todas las empresas que realizan actividades biotecnológicas, la cifra asciende a 4.411. La actividad del sector generó más de 13.000 millones de euros de renta en 2023, representando el 1,1% del PIB, y da empleo a más de 131.000 personas, con una productividad por trabajador tres veces superior a la media nacional y salarios que doblan la media del conjunto de la economía española.

Estos son datos del Informe AseBio 2024, los más recientes disponibles. Y, curiosamente, desmienten la percepción habitual de la comunidad científica. El sector no es pequeño ni marginal. El problema es que su importancia en la economía española sigue siendo inferior a su peso científico.

La geografía del ecosistema: dónde ocurre todo

Uno de los problemas clave de la ciencia en España (bueno, y de casi cualquier industria) es que el ecosistema no está distribuido uniformemente por el territorio. Hay una concentración muy marcada que determina dónde se genera el empleo y dónde están las oportunidades reales.

Cataluña lidera de forma clara. Con el 24,56% de las empresas biotecnológicas del país, concentra también cerca del 50% de la industria farmacéutica española. No es para menos. En su territorio tienen sede los hubs de innovación, filiales, plantas de I+D, producción y logística de buena parte de las empresas farmacéuticas y de tecnología médica del top 20 mundial. Aquí están AstraZeneca, Amgen, Johnson & Johnson, Medtronic, Novartis, Pfizer, Roche o Sanofi. Y, de hecho, Barcelona se ha consolidado como la segunda ciudad europea para invertir en biotecnología, por delante de Berlín y solo detrás de Londres.

Madrid es el segundo polo. La Comunidad de Madrid es la octava región europea con más empleo en el sector farmacéutico, un dato que sitúa a España como uno de los pocos países capaces de colocar dos regiones en el top diez europeo, junto a Alemania y Francia. En total, Madrid y Cataluña juntas concentran el 81% de la facturación farmacéutica, el 93% de las exportaciones y el 69% de la inversión en I+D del sector.

Más allá de estos dos polos, el ecosistema tiene presencia relevante en el País Vasco —con un sector industrial biotecnológico sólido y el Basque Digital Innovation Hub como referente—, en Andalucía —con el Parque Tecnológico de Andalucía en Málaga como hub regional—, en la Comunitat Valenciana, en Aragón y en Galicia. Pero, en realidad, son lugares circunstanciales en comparación.

Lo que está creciendo: las áreas con más tracción

Además, dentro del sector, no todo crece igual. Hay departamentos y áreas que están acelerando claramente y que concentran la mayor parte de la demanda.

Medical Affairs y Medical Science Liaison son hoy uno de los perfiles más demandados en la industria farmacéutica. La figura del MSL ha pasado de ser casi desconocida hace una década a ser una de las posiciones más competitivas y mejor retribuidas del sector.

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Regulatory Affairs sigue creciendo impulsado por la complejidad regulatoria creciente en Europa, los nuevos marcos para terapias avanzadas (ATMP) y la digitalización de los procesos de autorización. Es un área con alta demanda de perfiles junior con formación en ciencias de la vida.

Market Access y farmacoeconomía han cobrado protagonismo a medida que los sistemas de salud europeos endurecen sus criterios de evaluación de nuevos medicamentos. Los perfiles HEOR (Health Economics and Outcomes Research) son cada vez más demandados, especialmente en empresas con productos innovadores de alto coste.

Data science aplicado al sector salud es quizás el área de mayor crecimiento relativo. La combinación de formación en bioinformática, análisis de datos o estadística con conocimiento del sector salud genera perfiles muy demandados tanto en empresas farmacéuticas grandes como en startups de healthtech y en consultoras especializadas.

Finalmente, I+D en ensayos clínicos merece mención especial: España es líder mundial en esta área. En 2024, la industria farmacéutica dedicó 1.003 millones de euros a la realización de ensayos clínicos en el país, la partida de mayor cuantía y un 11% superior a la del año anterior.

El problema estructural: la brecha entre ciencia y mercado

Pero aunque el ecosistema tiene fortalezas evidentes, también cuenta con contradicciones que llevan décadas sin resolverse. La más importante es la brecha entre la excelencia científica y la capacidad de convertirla en empleo de calidad dentro del país.

España invierte el 1,44% de su PIB en I+D, por debajo del objetivo europeo del 3% y de la media de países comparables como Alemania (3,13%), Francia (2,21%) o los países nórdicos. Esto propicia que la fuga de talento científico sea un fenómeno real. Investigadores españoles altamente formados, muchos de ellos con doctorado y estancias posdoctorales internacionales, emigran a Reino Unido, Alemania, Países Bajos o Estados Unidos no por vocación de movilidad, sino por falta de alternativas viables en el sistema doméstico. 

Esto crea una paradoja: el país forma talento científico de primer nivel, lo exporta gratuitamente al resto del mundo, y luego tiene que importar conocimiento y pagar royalties por innovaciones que en parte se han generado con investigadores de formación española.

Además, hay otro problema estructural: la fragmentación. El mercado de empleo científico en España está disperso, poco organizado y con un «mercado oculto» demasiado relevante. La mayoría de posiciones se cubren por networking antes de publicarse, lo que penaliza a los perfiles que no tienen contactos en la industria. Desde la comunidad de Bioemprender, que trabaja directamente con cientos de científicos en esta transición, se observa que esta falta de visibilidad del mercado es uno de los obstáculos más frecuentes: no es que no haya trabajo, es que no se sabe dónde está ni cómo acceder a él.

Comparativa internacional: dónde estamos y hacia dónde vamos

En el panorama global, España queda como un país con fortaleza científica demostrada y un ecosistema empresarial en construcción, pero que aún no ha conseguido cerrar la brecha entre lo que produce en ciencia y lo que genera en valor económico.

EE.UU. y China están muy por delante tanto en inversión como en patentes y en capacidad de escalar empresas biotech. En Europa, el liderazgo lo disputan Reino Unido —especialmente el corredor Oxford-Cambridge-Londres—, Alemania, Suiza y los países nórdicos. España, junto con los Países Bajos, Bélgica e Italia, forma parte de un segundo bloque: cuenta con capacidades sólidas pero no tiene el músculo financiero de los líderes.

La buena noticia es que hay señales de cambio. El comisario europeo de Salud, Olivér Várhelyi, afirmó en BIOSPAIN 2025 que España «puede ser un pilar clave de la inversión biotecnológica en la UE», un reconocimiento explícito de que el país tiene las condiciones para dar el salto. La Estrategia de la Industria Farmacéutica 2024-2028, aprobada por el Gobierno en diciembre de 2024, fija como objetivo convertir a España en referente mundial en innovación e industrialización biofarmacéutica. Y Barcelona ya es, objetivamente, uno de los hubs europeos de referencia en biotech.

Para un científico, esto puede ser un pequeño halo de luz entre la oscuridad. El sector existe, crece y genera empleo de calidad. Los salarios en biofarma duplican la media nacional, la estabilidad contractual es alta —el 90% de los contratos en la industria farmacéutica son indefinidos— y los perfiles con formación científica son genuinamente valorados. Pero el acceso no es automático ni evidente. El mercado oculto, la concentración geográfica y la falta de formación en habilidades de transición hacen que muchos perfiles muy válidos tarden años en encontrar su lugar, cuando la brecha real entre lo que saben y lo que el sector necesita es mucho menor de lo que parece.

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